sábado, 15 de noviembre de 2014

Carta XIII

Carta sobre la danza y los ballets
Jean Georges Noverre
Carta XIII

Medina, Macarena.

La coreografía es el arte de escribir la danza por medio de diferentes signos representativos que se conciben con facilidad, se aprenden rápidamente y se olvidan de la misma forma. Este género de escritura particular en nuestro arte fue ignorado por los antiguos y podría haber sido necesario en el momento que la danza estaba sujeta a principios. Se comenzó a utilizar este recurso cuando se hacían danzas donde los caminos o figuras del baile se trazaban de antemano; luego se indicaban los pasos sobre estos caminos por medio de rasgos y signos demostrativos y convencionales; la cadencia o medida estaba marcada por pequeñas barras transversales que dividían y fijaban los tiempos; la melodía sobre la cual se bailaban los pasos, se anotaban en la parte superior de la página. Con esto se conseguía deletrear la danza siempre que tuviera la precaución de no cambiar nunca la posición del libro y de mantenerlo siempre en el mismo sentido. Esto era antes la coreografía: la danza era simple y poco compuesta, por lo que era fácil escribirla y se aprendía sin dificultad; pero hoy los pasos son complicados y sus combinaciones son inmensas, por lo que es muy difícil establecerlas por escrito y aun mas descifrarlas, ya que además este arte no indica con exactitud más que la acción de los pies, y si nos indicara los movimientos de los brazos no ordena sus posiciones ni los contornos que debe tener, ni tampoco las actitudes del cuerpo y las oposiciones de la cabeza.
Se ha considerado a la Academia de danza como el recinto del silencio y la tumba del talento de los que la componen. Se han formulado quejas por no haber visto salir de ella ningún escrito bueno, malo, mediocre, satisfactorio o tedioso., se le reprocha de no ocuparse del cuidado de instruir a los bailarines, formando alumnos.
Un alumno que se presenta ante el público es como un cuadro que un pintor expone en el salón todo el mundo lo ve, lo admira y aplaude, o lo critica y censura. Antes del que alumno se presente se lo señala como difícil, imposible y de lo peor aún por su propio maestro. El alumno se presenta, lo aplauden antes que baile, se mueve con gracia, desarrolla sus formas con elegancia, sus actitudes son hermosas, sus pasos están “bien escritos”, es brillante en el aire, vivo y preciso al ras del suelo. Así es como se lo proclama como un milagro y se lo felicita al maestro quien recibe esos elogios, mientras que el alumno deslumbrado por el éxito y aturdido por los aplausos se olvida del nombre de quien le debe todo, el sentimiento de gratitud se borra para siempre de su alma. Así este comienza a agradar cada vez que aparece, pronto causara envidia y hará sombra a su maestro, entonces este se rehúsa a darle lección porque su género es el mismo y teme que el alumno lo supere y lo haga olvidar. ¡Que pequeñez! ¿Puede creerse que no es honroso para un hombre hábil formar uno más hábil que él?
Lo que la academia necesitaría es a dos grandes hombres del arte: el señor Boucher y el señor Cochin: personas capaces de escribir con más claridad hubiera explicado todo lo que ese plan geométrico no puede presentar con nitidez, que hubiera explicado los efectos que cada cuadro en movimiento debía producir, que hubiera analizado pasos y sus encadenamientos, que hablara de posiciones del cuerpo. Con la ayuda de estos dos hombres, sus académicos hubiesen podido hacer pasar fácilmente a la posteridad el merito de los maestros de ballet y los bailarines cuyo nombres apenas se han conservado. La coreografía con estos detalles sería interesante: plano geométrico, planos de elevación, descripción de los mismos. Se vería cada detalle de movimiento, de expresión y de vestuario, todo a través de un lápiz.
Como esto no pudo ser posible, la misma perfección que se intento dar a los signos que representan pasos y movimientos, solo sirvió para confundirlos y volverlos indescifrables. Cuanto más se embellezca la danza, mas se multiplicarían los caracteres y mas inintegible se hará esta ciencia.

Es un erro pensar que un maestro de ballet puede trazar y componer su obra junto a una chimenea, los que así lo hagan solo conseguirá combinaciones miserables. El teatro es el lugar adecuado, es donde trabajan los compositores ingeniosos, donde encuentran una multitud de cosas nuevas. El maestro debe saber manejar todo, el espacio, el tiempo, movimientos que no sean imposibles, que exista un conjunto que funcione bien, sino todo seria confusión y estorbo

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